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    domingo, 14 de agosto de 2011

    Inserción, desafío del misionero

    “La Palabra se hizo hombre,  acampó entre nosotros.”  (Jn 1, 14)  
    A menudo, me vuelven a la mente las imágenes de mis últimas semanas en la República Dominicana. Yo compartía la vida de los picadores de caña haitianos y me atrevía a abrir la boca para dar a conocer sus sufrimientos. Cuando caminaba por las calles de algún pueblo, algunas personas voceaban al verme: “¡Vete de aquí! ¡Tú eres más negro que los mismos haitianos!” En lugar de herirme, esas palabras me llenaban de orgullo. Sentía que la gente me identificaba completamente con las mujeres y los hombres con quien vivía. Aquí en Zambia, algo parecido me ha pasado. Hace algunos días, mientras estaba sentado en la enramada de la casa, algunos de mis muchachos se acercaron y, como de costumbre, me tocaron los brazos. Uno dijo: “Tú eres un negro con una piel blanca”. Otro le respondió: “¡No! El es un blanco con una cabeza negra. El piensa como nosotros.” También en este caso, me sentí contento. Parecía que poco a poco estaba insertándome en la realidad de los pobres de este país de África Austral.

    La inserción es uno de los grandes desafíos de todo misionero. Pero ¿qué es la inserción y cuál es su importancia para la vida misionera? Cerca de mi choza, hemos construido un gallinero. Para esto, hemos cortado varios horcones que hemos encontrado lejos en la sabana. Después los hemos plantado en el suelo de nuestro patio y, sobre ellos, hemos colocado cuidadosamente el alambre de gallina. A las pocas semanas, uno de los horcones esquineros se puso a revivir y a echar hojas. Ahora se parece a un nuevo árbol. Cada día, contemplo este milagro de la naturaleza que me permite reflexionar sobre la inserción. Al salir de su tierra natal, el misionero es como cortado de sus raíces; Al llegar al país de destino, le toca revivir sus raíces para insertarse en una nueva tierra, poder echar hojas y dar frutos en abundancia. El no perderá su identidad pero la enriquecerá por medio del contacto con un nuevo pueblo y una nueva cultura. Si no logra insertarse, se parecerá a los otros horcones de mi gallinero que no son más que palos secos: funcionará pero no dará ningún fruto.

    Por cierto, la inserción es una exigencia del seguimiento de Jesús, “la Palabra hecha hombre”. “Y la Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros.” (Jn 1, 14) Siendo de naturaleza divina, Jesús se integró totalmente en un pueblo, en una cultura y en una religión. Compartió las penas, las alegrías y las esperanzas del pueblo judío. Caminó sobre los senderos polvorosos de Palestina. Comió pan y bebió vino como toda la gente de su región. Desde la realidad diaria, anunció una sociedad nueva utilizando imágenes y comparaciones sacadas de la vida de sus contemporáneos. Su manera de rezar se parecía a la de los judíos piadosos y justos de su época. Por cierto, aportó  algo muy nuevo pero se mantuvo siempre enraizado en la historia y los valores culturales de su pueblo. Nunca adoptó una actitud de desprecio hacia esos valores.

    La inserción no significa que debemos olvidar nuestras raíces. De hecho esto es imposible. Creo que para insertarnos de manera satisfactoria en otra cultura, debemos estar muy conscientes de nuestras propias raíces: sus valores y sus debilidades. La inserción supone abrazar una nueva cultura, entrar en comunión con ella transformarse en una persona nueva al entrar en contacto con ella. Por cierto la inserción abarca todos los aspectos de nuestra vida. Veamos algunos de ellos.
    Primero centrémonos en la oración. No es lo mismo rezar en Bélgica, en la República Dominicana y en Zambia. La encarnación del Hijo de Dios exige de nosotros encarnar nuestra oración en la cultura donde vivimos. En Bélgica, la gente reza más con su mente y se queda tranquila sin moverse. Aquí en Zambia, las mujeres y los hombres rezan con todo el cuerpo. Cuando dan gracias a Dios no pueden impedirse de bailar y de menear las manos, la cabeza y las piernas. A nivel de la oración personal, cuando hemos entrado en nuestra casa para invitar al Señor a compartir nuestra vida, una de las primeras cosas que nos toca hacer es ofrecerle un ramillete de flores. Este regalo sencillo consiste en la vida de los hombres y mujeres con quien vivimos. Por cierto este regalo cambia según el pueblo donde habitamos. Aquí en Zambia, en mi oración, suelo presentar al Señor la lucha de todos los enfermos del SIDA que siguen creyendo en la vida, la sonrisa y los juegos de los 65 huérfanos que comparten conmigo el maíz de cada día, los esfuerzos de los pescadores y campesinos para superar la miseria y el compromiso de tantas mujeres que son los pilares de la Iglesia. En mi ramillete de flores, pongo miles de nombres y apellidos. En el centro de mi oración, contemplo al Maestro caminando por las pistas tortuosas de la sabana de Zambia. Reviso los últimos días y lo veo, negro, sonriente, acogedor… Lo veo hablarme en cibemba, animarme a seguir sembrando su Palabra en la tierra de Zambia.

    La inserción está también íntimamente conectada con los votos religiosos: Pobreza, obediencia y virginidad.
    Pobreza: Al insertarme en una nueva cultura, acepto relativizar mi propia cultura, reconozco que no soy el centro del mundo, me hago sencillo y pobre. En mi pobreza siento la necesidad de abrirme totalmente a los demás y de darles la mano. Una actitud de pobre es una condición esencial para poder insertarse en otra cultura.
    Obediencia: Al entrar en comunión con otro pueblo, trato de discernir la voluntad de Dios en la vida de este pueblo. Reconozco que yo no soy un pozo de ciencia que tiene una respuesta a todo. Escucho a las mujeres y a los hombres que me rodean. A través de ellos Dios me habla y me hace conocer su proyecto concreto de amor para este pueblo.
    Virginidad: La inserción en una nueva cultura exige mucho amor. Sólo olvidándose de uno mismo y dándose totalmente a Este que dirige la Historia, uno puede insertarse de manera armoniosa en otro pueblo y anunciar con su vida que Dios es bueno y que él es un Padre o una Madre loco/a de amor.
    Apuntes Misioneros / Pedro RUQUOY, cicm, ADH 748

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