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    Tan Padre que se convierte en Madre

    Rincón de la Palabra | Ángela Cabrera, mdr



    Tan Padre que se convierte en Madre  

    Algunas veces nuestra visión de Dios nos hace vivir angustiados. Nos han inculcado la imagen de un Dios al asecho de nuestras limitaciones e incoherencias, de nuestras fragilidades y metidas de pata. Nos han instruido para agradarle, y esto genera la posibilidad de un peso en la conciencia mientras analizamos si nuestras actitudes satisfacen o no sus exigencias.


    Un proverbio antiguo de vez en cuando se deja escuchar: “Dios castiga no anda lejos”. Infelizmente, esta imagen de Dios nos ha podido cohibir de disfrutar de un padre amoroso que nos ama locamente aún sin habérnoslo merecido. Bien dice el Salmo 139: me abarcas por detrás y delante, y que tienes tu mano sobre mí. Esto nos habla de Dios, quien “abarca”, buscando garantizar la vida y, con cuya mano nos conduce hacia donde es posible existir con dignidad. Se trata de un amor que, amando, al mismo tiempo, bendice.

    No es sencillo dejar actuar la gracia divina, para que se filtre en nuestras entrañas y transforme el imaginario de un Dios juez, por el de un Dios padre que de tanto amar nos recuerda a una madre. Según la teología bíblica: el Dios invisible es comparado con una madre que engendra y amamanta, con una gallina que acoge, con una artista que crea amando lo que antes ha soñado.

    Lucas, en su parábola del Hijo Pródigo, que algunos llaman la parábola del Padre misericordioso, intenta aproximarnos a la actitud de Dios para con cada uno de los seres humanos. El amor del Padre al hijo “perdido y recibido”, nos introduce en la íntima relación de Dios con cada uno en nuestra particularidad. Nos abre un abanico de posibilidad para des-construir la visión de un Dios que nos paga según nuestros “méritos” para acercarnos a un Dios que no actúa conforme criterios humanos. El Papa Francisco, comentando este pasaje, dice que la misión del Padre es aguardar la vida, sin importar si ésta llega deteriorada. Llama mi atención tal sensibilidad: aguardar la vida. Se apuesta por un amor cargado de esperanza, que no rechaza nunca aún cuando las condiciones repletas de pesimismo se impongan. La forma en que Dios actúa, definitivamente, silencia todos nuestros argumentos.

    A esta altura de la reflexión quiero recordar el título de un libro: Dejar a Dios ser Dios. Son palabras sencillas y profundas. Vale la pena rumiarlas y dejar que el Espíritu nos conduzca hasta su centro. Dios no se conforma con estar congelado en nuestra imaginación y en nuestra religiosidad. Desea que lo liberemos del apriete mental donde lo hemos encajado. Hermosamente ha dicho el Papa Francisco en una de sus homilías, que Jesús es un callejero. Es una bella expresión, que nos manifiesta al Jesús pobre de Nazaret, andando por todos los caminos, anunciando al mundo el amor perfecto de Dios. ADH 780.