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    Corrupción y Estado de Derecho

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, Instituto Filosófico Pedro Fco. Bonó.  Corrupción y Estado de Derecho. 

    A fines del mes de junio, el movimiento cívico no partidista Participación Ciudadana puso en circulación una obra titulada “La corrupción sin castigo”. Casos denunciados en los medios de comunicación 2000-2013. La misma contribuye a crear conciencia sobre el vínculo que existe entre prácticas de corrupción y Estado de derecho.
    La obra, de ser utilizada con los fines pedagógicos que pretende, puede ayudar a romper las cadenas de corrupción que parecen expandirse y sofisticarse día tras día en la sociedad dominicana.
    1. La corrupción como cultura
    La nueva publicación de Participación Ciudadana se organiza como un informe de los casos de corrupción denunciados en la prensa 94 en total entre los años 2000 y 2013. Incluye el caso de la denuncia de un banco privado. La obra nos invita a reflexionar sobre las implicaciones que tiene la corrupción en los planes de desarrollo del país como parte de una cultura generalizada. La noción de Estado de derecho permanece en el trasfondo de todas sus páginas y creo que constituye uno de sus mejores aciertos. En efecto, una vez se entiende que los servicios públicos básicos se deben de recibir como parte de los derechos fundamentales, se crean las condiciones para que se desactive la idea de que las acciones estatales o empresariales son favores que se hacen a cambio de fidelidad interpersonal, o que los servicios públicos y determinados servicios privados solo se pueden conseguir a través del soborno, si es que se desea estar exento de fidelidades partidarias o de trabas empresariales que vulneran el ejercicio de la libertad.
    En la presentación del libro, el actual coordinador general de Participación Ciudadana, Roberto Álvarez, motiva el estudio con una reflexión ética que prácticamente nos implica a todos en el sentido señalado: “La corrupción administrativa y la impunidad contribuyen a nutrir la prevalencia de una microcultura que sirve de sus¬tento al sistema de sobornos que la población tiene que pa¬gar en ‘macuteo’ para obtener los servicios públicos o pri¬vados a los cuales tiene el derecho de acceder sin un pago indebido” (p. 15).
    En esta reflexión, que considero fundamental, cabe llamar la atención sobre la circularidad que se establece entre microcultura y macrocultura de la corrupción. Esta retroalimentación entre los niveles micro y macro convierte a la cultura de la corrupción dominicana en un auténtico círculo vicioso, lo que nos obliga a preguntarnos de manera urgente: ¿por dónde comenzar?
    Quizá podamos comenzar a responder esta pregunta recuperando creativamente la misma idea de círculo vicioso: ¡ya que se trata de un “círculo”, se puede comenzar por dónde sea! Esta es ciertamente una gran ventaja de las prácticas que se articulan circularmente. Pero, por la misma razón de la circularidad del fenómeno, una vez se comience a luchar contra la corrupción en un punto de acceso a la circunferencia de las prácticas, no se puede proceder a adoptar esquemas lineales, ya que estos esquemas lineales nos dejarían estacionados en el punto de partida en que ingresamos al círculo vicioso que no deja de girar. Expliquemos un poco esta imagen.
    Los esquemas lineales de análisis de la corrupción nos llevarían a externar juicios desactivadores del compromiso como este bien conocido: “Toda la culpa la tienen los políticos”. Un juicio de este estilo nacerá espontáneamente cuando entramos al círculo de la corrupción observando las prácticas corruptas de los actores político-partidarios. En este caso, nos conformaríamos con la denuncia de las malas prácticas de los actores político-partidarios en su lucha por el control del poder estatal. También podríamos decir: “Toda la culpa la tienen los empresarios”, si es que nos enfocamos en las prácticas corruptas de los empresarios, sobre todo de las transnacionales o del gran empresariado nacional. Entonces, ignoraríamos las responsabilidades de los demás actores en las microprácticas de corrupción, incluyéndonos a los que conformamos el llamado “tercer sector”. O, peor aún, nos conformaríamos con decir: “toda la culpa la tiene el pueblo dominicano que elige estos políticos y no se subleva”. Esta frase, también muy conocida, vendría a ocupar el centro del debate si nuestros análisis comenzasen por el estudio de la cultura popular dominicana. En este caso, estaríamos legitimando contra nuestra voluntad las importantes prácticas de corrupción de las élites políticas y empresariales.
    En pocas palabras, pensar la corrupción de manera lineal (la idea de que existe un solo punto en el que se originaría toda la cadena de actos corruptos) puede desactivar la lucha por una sociedad más justa, pues nos despoja de la cuota de responsabilidad que nos corresponde para desactivar ese círculo vicioso que con toda propiedad se puede llamar “cultura de la corrupción”.
    2. Invisibilizaciones de la corrupción
    Lo primero que llama la atención en una obra como esta es que en un país como República Dominicana se puede decir que “todo se sabe”. O quizá, para no ser tan contundentes, se puede decir que “todo se puede saber”. Sin embargo, esta transparencia de información parece servir de poco. Es como si las prácticas de corrupción tuvieran la virtud de hacerse invisibles con el paso del tiempo. Este es el segundo de los informes de Participación Ciudadana sobre el tema. Cabe preguntarse qué pasó después del primero para que se haga necesario un segundo.
    Nuevamente, retomemos las palabras de Roberto Álvarez acerca de la corrupción como cultura: “no se sabe a ciencia cierta la profundi¬dad de su realidad, aunque, sí sabemos que, por un lado, en cuanto a la corrupción en pequeña escala, el 94,4% de sus víctimas no la denunció en 2008 y, por el otro, que nume¬rosos servidores públicos y políticos que no se mencionan en la prensa exhiben fortunas y estilos de vida totalmen¬te desproporcionados e injustificables con los salarios que perciben” (p. 16).
    Retomando las palabras del coordinador de Participación Ciudadana, admitamos que hay “cosas que no se saben a ciencia cierta” en el tema de la corrupción. Y es que, en efecto, el estudio de la corrupción no puede ser “una ciencia cierta”, sino una ciencia “incierta”. A esa “ciencia incierta” le podemos llamar “ética política”. No es a través de informes sobre reportajes noticiosos como se luchará efectivamente contra la corrupción. Esta es una etapa necesaria, pero no suficiente. En este sentido, y por retomar el ejemplo de la cita de Álvarez, la “exhibición de riqueza no justificada” debería tipificarse más claramente en el sistema penal dominicano de tal manera que el Ministerio Público pueda llamar sistemáticamente a los funcionarios públicos que exhiban riqueza desproporcionada con sus salarios, con el objetivo de que justifiquen el origen de su afluencia. De paso, cabe señalar en este punto que en esta misma cita tomada de la obra de Participación Ciudadana queda invisibilizada los actos de corrupción que podrían estar detrás de la exhibición de riqueza desproporcionada en empleados y ejecutivos del sector empresarial privado.
    En nuestro país “se sabe” que hay corrupción; los altos índices de percepción de corrupción registrados por todas las encuestas no dejan mentir al respecto. Pero quizá no se actúa de manera eficaz contra ella porque una se vez se convierte un acto de corrupción se convierte en tema noticioso, se escapa del sistema de justicia por falta de seguimiento. En ese sentido, cabría preguntarse si la corrupción no se ha convertido también en “mercancía noticiosa”. No basta con que el “pez gordo del acto corrupto” entre en la red de denuncias mediáticas que lo visibiliza. Harían falta acciones más decididas por parte de las autoridades responsables para que denuncias como estas sean perseguidas y juzgadas y, una vez establecida la culpabilidad, sean proporcionalmente sancionadas. En el mismo sentido, no podemos quedarnos en informes noticiosos financiados por las grandes agencias internacionales del Post-Consenso de Washington. Informes como estos corren el riesgo de entrar en la linealidad del discurso que señalamos anteriormente.
    3. La presión ciudadana articulada
    Un partido como el PLD, deudor de alianzas electorales, ha confiado la “lucha ética contra la corrupción” a un abogado que defendió a los responsables de los grandes fraudes bancarios que empobrecieron a más de un millón de dominicanos hace una década. Al mismo tiempo, ha dejado sin fondos a la institución estatal que está llamada realmente a perseguir la corrupción, a saber, la Procuraduría Especializada de Persecución de la Corrup¬ción Administrativa (PEPCA). Ante prácticas manifiestas como estas, se puede legítimamente sospechar que el sistema de partidos no está en condiciones en estos momentos de ir a fondo en la lucha contra la corrupción. Para el sistema de partidos actual sería optar por el suicidio.
    El Estado de derecho (porque de eso se sigue tratando, no lo olvidemos) solo vendrá por una transformación del conjunto de la cultura política dominicana que hoy por hoy se encuentra atravesada por la corrupción. Un punto clave será garantizar la carrera administrativa y la separación de los poderes del Estado. Ciertamente, los cambios culturales toman tiempo y su curso de acción es incierto. Pero la reflexión ético política no es una bola de cristal que lee los acontecimientos futuros, porque entonces, entre otras cosas, no habría espacio para la libertad. Si la condición para que haya menos corrupción es un cambio cultural, se infiere fácilmente que estamos hablando de una tarea de años o quizá para toda la vida. Pero saber que la tarea va para largo nos permitirá entrar en “el círculo virtuoso de la justicia”. Ello nos ayudará a resistir desde ahora al “círculo vicioso de la corrupción” en nuestros puntos de contacto. En este sentido, cabe saludar la conformación de un nuevo movimiento social que ha elegido como nombre “Impunidad Cero”, el cual dio a conocer sus objetivos en la fecha emblemática del 14 de junio pasado. Los lectores podrían informarse para participar en el mismo.
    Una vez insertos en el círculo virtuoso de la justicia, podremos ir celebrando pequeños logros. En ese espíritu, podemos celebrar la publicación de esta obra de Participación Ciudadana; pero sobre todo, gracias a la reflexión que nos ha permitido hacer, debemos prepararnos para el paso siguiente, que muy probablemente consistirá en renunciar al próximo acto de corrupción en el que nos podamos ver envueltos en el nivel micro donde nos movemos, somos y existimos. ADH 781.