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    martes, 3 de marzo de 2020

    La Plegaria eucarística

    Espiritualidad Litúrgica / Roberto Núñez, msc


    La Plegaria eucarística

    «Cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención, aparece de modo claro y preciso en las Plegarias eucarísticas» (OGMR 2).

    Con el mes de marzo, empezamos a adentrarnos en el tiempo cuaresmal. Y, como elemento reflexivo, les propongo dedicar unas sesiones a la Plegaria eucarística, la cual es el centro y la cumbre de toda la celebración de la Eucaristía.

    Al decir Plegaria eucarística, estamos hablando de las oraciones expresadas a Dios en el momento de la misa, que empiezan con el diálogo del prefacio (El Señor esté con ustedes… Levantemos el corazón… Demos gracias al Señor…) y concluyen con el Amén de la gran doxología (por Cristo, con él y en él…).

    Desde la perspectiva teológico-litúrgica, podemos decir que la Plegaria eucarística es: «una plegaria de acción de gracias y de consagración, en la que el sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre. El sentido de esta oración es que toda la congrega­ción de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las gran­dezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio» (OGMR 78).

    Por su dinamismo interno, la Plegaria se orienta en cuatro direcciones: 1) alabanza y glorificación del Padre por las maravillas realizadas en la historia de salvación; 2) presencialización y ofrecimiento del sacrificio de Cristo; 3) invocación del Espíritu Santo sobre los dones y la comunidad; 4) intercesión o comunión eclesial.

    Atendiendo a estas cuatro direcciones, se puede afirmar que, «así como la Eucaristía es centro y culmen de toda la liturgia, la Plegaria eucarística lo es de toda la celebración eucarística, dado que no hay ningún otro momento de la misma en que Jesucristo se haga presente y actuante con tanta virtualidad e intensidad. Sin esta plegaria, toda la celebración eucarística quedaría privada de la presencia objetiva del sacrificio redentor de Cristo y, en consecuencia, infinitamente degradadas la alabanza, adoración, acción de gracias, propiciación y petición por los vivos y difuntos que en ella formulamos».[1]

    La tradición cristiana sitúa el origen de la Plegaria en la oración dicha por Jesús sobre el pan y el vino en la Última Cena. Y la mayoría de estudiosos coinciden en relacionar esta oración de Jesús con las oraciones judías: la oración de bendición (Berakah), la oración de acción de gracias que seguía a las comidas (Birkah-ha-mazon) o la oración de alabanza de tono sacrificial (Todah).

    Sin embargo, otros estudiosos consideran que las semejanzas literarias y textuales entre la plegaria eucarística cristiana y las oraciones judías se explican por la familiaridad que Cristo tenía con el Antiguo Testamento, el cual, a la hora de dialogar con el Padre, se expresaba con estos conceptos. No descartan que Jesús compusiera una fórmula de bendición en la Última Cena. Esta sería como el embrión para la futura comunidad.

    “La plegaria de Jesús sobre el pan y el vino fueron como un embrión que contenía ya todas las informaciones de carácter teológico que se manifestarían en el devenir histórico de las comunidades cristianas; y la plegaria eucarística de la Iglesia como un organismo vivo que, desde el embrión originario, se fue desarrollando en fases sucesivas y estructuras pluriformes. De hecho, todas las plegarias eucarísticas contienen, como núcleo fuerte, las acciones de Jesús en la Última Cena: la acción de gracias y la alabanza, la consagración del pan y del vino, y la presencia y ofrecimiento de su sacrificio redentor”.[2]

    Termino esta primera entrega con esta cita: «La plegaria eucarística se configura primariamente como expresión particularmente autorizada de ese singular coloquio que nace entre el pueblo salvado y el Dios de la alianza: como oración de alabanza y acción de gracias enraizada en la historia del amor de Dios que se nos ha revelado en la Palabra. También dentro de la comunidad cristiana –en particular en ese momento del todo singular de la fractio panis– perdura la voz que “hace memoria” a Dios de su amor para que “continúe” acordándose de su pueblo».[3] ADH 843



    [1] abad, J. A. Diccionario del agente de pastoral litúrgica; Monte Carmelo. Burgos 2003. p. 497.
    [2] Ibid. p. 498.
    [3] brovelli, F., Plegaria eucarística, en Nuevo Diccionario de Liturgia. San Pablo. Madrid 1996. p. 1627.

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