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    lunes, 6 de abril de 2020

    Los muertos ponen en movimiento a los vivos

    Cotidianidades | P. Eulide García msc 



    Los muertos ponen en movimiento a los vivos

    Los nombres que aparecen en este artículo son ficticios para proteger las personas que intervienen en esta historia, que es verídica y quise escribirla porque refleja una gran realidad que se da en nuestro país, no sé si en otros también, pero cada quien habla de lo que conoce.

    En la casa de Blanca vivía su madre Jacobina, quien después de la muerte de su esposo quedó sola y fruto de esa realidad sus hijas quisieron llevarla a vivir con una de ellas. La elegida para atender a Jacobina fue Prudencia por ser la que tenía más espacio en su casa y además podía sostenerla con la alimentación y medicamentos; pero se presentó un problema y es que ella estaba en viaje a EEUU y tuvo que irse y dejarle la vieja a su hermana Casimira por ser la otra hija que tenía un poquito de posibilidades, aunque no tanto como prudencia. El asunto que la señora Jacobina paso por las casas de sus 4 hijas para finalmente quedarse donde Blanca, la que menos posibilidades tenía para acogerla en su casa. Al fin y al acabo era su madre, todas sus hermanas se habían comprometido a ayudar a Blanca con los gastos, irían a visitarla y contribuir con lo que estuviera a su alcance. Al principio todo se iba cumpliendo tal como habían acorado, cada semana iba una ayudarle a cuidar la madre que con el pasar del tiempo se iba deteriorando hasta no poder levantarse.

    No siempre lo que se promete se cumple
    Se redujeron las visitas de las otras hijas, cada una con sus excusas, se descuidaron de la manutención de la anciana, ya Blanca estaba desesperada ante la situación, todo se lo habían dejado a ella, que también fue enfermando y le costaba mantenerse de pie para atender a su madre. De nada valía que las llamara, que fueran a echarle una mano, siempre la misma respuesta: “ay manita yo quisiera, pero no puedo”, o la pregunta, “¿cómo salgo con este trabajito que me conseguí?”. Prudencia no podía volver hasta el verano, en sus vacaciones. Cada una tenía sus excusas y los 3 hijos varones esos sí que sabían excusarse por asunto del trabajo, siempre decían que en la próxima irían a verla. La semana que viene nunca llegaba, mientras Jacobina seguía empeorando de salud y así mismo iba Blanca en su angustia al ver a su madre muriendo y no poder contar con nadie.

    No hay enfermedad que dure cien años ni cuerpo que lo resista
    La madrugada del 24 de octubre doña Jacobina vio el oscurecer de su vida y dio su último suspiro entregando su espíritu al Creador. Blanca sintió que con ese último suspiro de su madre su vida también se iba, pero no le quedó más que asumir la situación y junto con su esposo y sus hijos preparar la casa para el velatorio de su madre, se acordó de sus hermanas y hermanos y decidió llamarlos a sabiendas que no podrían venir decía ella, “si no podían venir a verla en vida menos vendrán a verla  muerta”, pero gran sorpresa de ella todos dijeron que salían para allá en el primer vehículo que encontraran, hasta la que estaba en EEUU dijo que no la enterraran sin ella verla”.

    Reflexión
    Es increíble el poder que tiene la muerte como pone en movimiento la ser humano, por participar de un velatorio dejamos cualquier compromiso, no importa la distancia para trasladarnos a “cumplir” con el amigo/a cuando se nos muere un ser querido, es importante la presencia de esas personas solidarias que un momento de dolor dicen “aquí estoy acompañándote”, pero ese aquí estoy solo es posible por el difunto, como suelo decir la muerte de un ser querido es una especie de toque de campana que convoca, reúne y “se celebra”, el muerto habla en silencio y provoca llanto, alaridos, y sentimiento de tristeza y soledad.
    Sería bueno también que la vida nos convocara tanto como la muerte. Y no esperar que muera un familiar para correr y estar ahí, cuando no supimos hacerlo mientras necesitaba de nosotros. Nuestra presencia puede consolar y mejorar al enfermo. La soledad enferma y la ausencia agrava a las personas que siempre desean ver sus hijos cerca, y más aún, en el ocaso de sus vidas.
    Benditos sean hijas e hijos que lo dan todo por ser procreadores. ADH 842

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