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    domingo, 9 de agosto de 2020

    Aferrarse a la esperanza. Esperanza es lo último que se pierde

    Comentario | Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.


    Aferrarse a la esperanza. Esperanza es lo último que se pierde

    Estoy seguro que lo más repetido y oído en estos meses de pandemia es el deseo de esperanza. Es lo que más nos han deseado y lo que más sinceramente hemos deseado a los demás.

    Cristianamente, la esperanza es una virtud teologal que sólo se tiene por gracia y que sólo está anclada en Dios. La esperanza es una actitud radicada en nuestro ser, pero solo alcanza la calidad de virtud cuando brota de una voluntariosa y decidida elección. Sólo es virtud teologal cuando su sincera motivación ─palabra usada profusamente por los teólogos─ es la confianza filial en Dios que deriva de la fe en él.

    Pero ¿es esta esperanza la que nos desean y la que deseamos a los demás? No sé, pero dejo la cosa en el aire. En muchos casos se trata de talante optimista de las personas que ven siempre el vaso lleno aunque solo lo está a la mitad, de quienes huyen de todo mal agüero, de las que practican una confianza irracional, de quienes buscan una salida voluntarista a cualquier dificultad, de quienes cargan su cuerpo de talismanes. Que está bien, pero esa esperanza a mí no me sacia. Es el consuelo etéreo ante el mal que se avecina y que carece de empeño y esfuerzo. Es lo único que quedó cuando Pandora abrió la caja prohibida de su esposo y escaparon todos los males menos la esperanza, que es lo último que se pierde en la vida.

    La esperanza teologal es esperar en una roca firme: Dios infinitamente bueno y autor de todo bien. Quien espera en Dios nunca sale defraudado. De él tenemos una vida eterna, pero también una vida terrena que se nos da para nuestro bien y en la que nada malo nos sobreviene que esté fuera de la voluntad divina. Solo hay un sitio sin esperanza y es al que introduce el lema del frontispicio del infierno según Dante: Los que entráis aquí abandonad toda esperanza.

    La confianza en un Dios infinitamente bueno y que nos concede la esperanza de una felicidad sin medida es lo que deseamos a todos los seres humanos frente al desaliento y el desfallecimiento en las circunstancias de la vida. Es la esperanza que intento trasmitir a todos los que pasan un mal momento y es la que deseo para ellos y para mí cuando me llegan momentos de angustia y zozobra cuando se nos cierran todas las puertas. Porque sobre el deseo de que esta epidemia acabe inmediatamente y no haya más sufrimientos en la vida, soy más bien pesimista. Solo la esperanza que está anclada en Dios es la que preserva del egoísmo y se abre a la caridad para con los demás.

    Durante este proceso angustioso que estamos pasando con tanto dolor nos recomendamos continuamente una esperanza. Pero en qué se funda esa esperanza con la que todos nos alentamos, me permito pensar que no es el ingenuo optimismo sino la fuerza que Dios inculca en nuestros corazones para hacer nuestra lo que es su voluntad.

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